No forcé la reja.
No grité mi nombre esperando un aplauso, como en las películas.
Me quedé donde estaba, respiré hondo… y tomé una decisión.
Saqué el teléfono e hice una sola llamada.
Para la mañana siguiente, en esa casa ya no quedaría nada que les perteneciera.
Y lo más importante: Dorothy no volvería a sentirse sola