Trabajando como limpiadora en un gimnasio, un encuentro inesperado cambia el rumbo de su historia.

El club deportivo Atlas cerraba a las once de la noche, pero el personal de limpieza terminaba cerca de la medianoche. Entre ellos estaba Alicia Salvatierra, una mujer de 28 años, de cabello oscuro recogido con sencillez, manos cubiertas por guantes finos y una campera gris con el logo del gimnasio.

Llevaba cuatro meses trabajando allí.

Había llegado en agosto, cuando el calor todavía apretaba y el asfalto parecía derretirse bajo los pies. Desde entonces, su vida se había reducido a turnos nocturnos, olor a desinfectante, pisos húmedos y clientes que casi nunca reparaban en su presencia.

Alicia ya se había acostumbrado a todo eso.

Y también a algo más profundo: a que la gente no la mirara.

Aquella noche de miércoles, el gimnasio quedó casi vacío cerca de las diez y media. Solo quedaban el entrenador Sebastián y un cliente habitual que entrenaba siempre solo.

Su nombre era Martín Cárdenas.

Un empresario reconocido. Seguro de sí mismo. De esos hombres que viven con la certeza de que su tiempo vale más que el de los demás.

Nunca saludaba al personal de limpieza.

No por maldad. Por costumbre.